viernes, 31 de agosto de 2012

Dicen que el amor se inventó en una noche de verano.

Tengo miedo de Septiembre, de que arranque todos los besos que nos dimos como arranca las hojas de los árboles, yo no quiero perderte, no en Septiembre. Ella le miraba con sus enormes ojos tristes, en busca de una respuesta. Él sólo podía mirarla con ternura. La eterna noche veraniega se mezclaba con las luces de la ciudad, paseos a medianoche y baños en el mar al amanecer. La luna llena permanecía inmóvil colgada de aquel telón negro. El mar, parecía recordar todos los besos que en él se dieron todos los locos enamorados de este mundo. Y allí estaban ellos, igual de locos, igual de enamorados. Él le dio un abrazo que gritaba que no quería perderla nunca, se perdió en la curva de su cuello y aspiró su aroma como si quisiera que su último aliento llevara su esencia. Se despegó sólo dos milímetros de ella, apartó el pelo que le caía por la cara y por fin habló: 'Los veranos se apagan, los sentimientos que se crean en ellos no, los amores de verano no soportan el frío diciembre, pero los amores de invierno son para siempre. Por eso, pequeña, tu serás, siempre, amor de invierno.

Todos los veranos tienen un final e historias inmortales; pero para que sean inmortales, debemos creer en ellas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario