domingo, 24 de junio de 2012

El primer suspiro de amor, es el último de cordura.

A veces la felicidad no es más que una llama que pronto se apaga o un tren que se marcha antes de tiempo. Una sonrisa a destiempo en un autobús, una canción que algún día fue especial o el sol sobre la piel. Milésimas de segundo, algún tipo de magia en plena efervescencia en la sangre, suspiros, sonrisas y más suspiros de amor. La felicidad no la buscamos, nos encuentra, se cuela por esas rendijas que todos tenemos, que un día causaron unas heridas, la felicidad entra de puntillas, sin pedir permiso, casi sin hacerse notar. En cambio, cuando se marcha, hace un estruendo tremendo, dejando un vacío dentro de nosotros y un recuerdo que se debate entra la sonrisa y el llanto, por aquello que tuvimos y hoy nos falta.

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