Se dejo caer al frío azulejo tan pronto como el 'click' de la puerta le avisó que estaba a salvo del mundo. Había perdido la cuenta de las noches que había pasado allí, como si dentro de aquellas cuatro paredes nada pudiera hacerle daño, salvo ella misma, y todos los demonios de este mundo se agolparan al otro lado de la puerta pero sin conseguir nunca abrirla.
Tenía los ojos enmarcados en manchas negras, la piel más blanca que nunca y el corazón, bueno, el corazón ni siquiera lo tenía. Un escalofrío recorrió su espalda, y aún así abrió la ventana. No se puede luchar contra un frío que no curan los abrigos, es mejor entregarse a él. Lloró durante horas, hasta que se le cansaron los ojos y las heridas de las muñecas comenzaron a escocer al mezclarse con las lágrimas. Se quitó tanta ropa como hizo falta para que ningún centímetro de su piel quedara a salvo del helado suelo y se entregó, en sueños, al invierno.
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