Le llamó en un día tan frío que las palabras se helaban antes de salir de los labios. Le dijo que no era chico de estar atado, que era salvaje y libre, que prefería un tacto de piel distinta cada noche, que no creía en el amor, aunque lo había sentido alguna vez, el problema era que se había roto al enredarse entre las cuerdas de su guitarra.
Aquel amor inexistente se había hecho añicos entre un Rock'n'Roll y un blues.
Y ella calló. Se mordió los labios y saboreó sus últimas palabras y sus últimos silencios. Se desearon lo mejor y decidieron escribir tres puntos suspensivos al final de aquella historia; pero los dos últimos nunca llegaron a escribirse por mucho que a ella le hubiera gustado.
Él diluiría los recuerdos en alcohol. Ella prefirió ahogarlos en lágrimas.
Había supuesto que dos corazones rotos podrían formar uno entero, pero no; en realidad dos corazones rotos juntos sólo son más añicos que pegar, sólo son un hueco más grande.
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